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Mi bala en la acera

Llegó Mikaela a la Plaza de la Independencia temprano, justo como Fausto le había indicado. El “Esneik” debería llegar a las 10, si la información era correcta y estaba dispuesta a no perder esta oportunidad.  Se sentó en una de las bancas, junto a un anciano, para no levantar sospechas.

-¡Diez y treinta y nada!, el “hijuepucta” del Fausto me vio la cara-, pensaba.  No soportaba la espera, no solo por el sol quiteño que flagela la piel, ni por el imbécil pastorcillo que sermoneaba partes de la biblia, ni siquiera el bullicio de tanto jubilado sin hogar le parecía hoy tan molesto; lo que no soportaba más era andar en público con un revólver encima.

De repente, ¡tas!, asoma el batracio del Esneik.  El corazón se acelera, las pupilas se dilatan y el sudor empieza a caer por la frente. Ahora solo tendría que buscar el momento más oportuno.

El Esneik caminaba por la plaza, compró un diario y se sentó en una banca vacía. A Mikaela le cayó como anillo al dedo el viejo raboverde que se había sentado al lado de ella, aunque se la comía con la mirada, le servía para disimular. Llegaron enseguida dos tipos más, uno con pinta de mono igual que el Esneik, y otro más bien blanco, alto, que aparentaba no ser propio de tierras ecuatorianas. Se levantaron, y caminaron lentamente dejando la plaza atrás. Hecha un manojo de nervios la Mika empezó una persecución.

Bajaron la Chile, cogieron la Venezuela, salieron hasta la Guayaquil por la Manabí y luego siguieron hasta la Alameda, rodearon el observatorio y salieron hacia ‘El Churo’. La Mika, que parecía un gato asustado, les seguía de lejitos, mirando a los lados, para atrás, para adelante y hasta para arriba y abajo por si alguna de las alimañas del Esneik aparecía. Al pie del Churo el Esneik entregó un paquete. En ese mismo instante un carro 4×4, de esos bien puestos, con  vidrios ahumados, dobló la esquina y se acercó rápidamente hacia el lugar y los dos tipos desaparecieron.

-El Esneik se quedó solo, es ahora o nunca- se dice la Mika. Se apresura, saca el revólver y le apunta a la cabeza. La mano tiembla y se llena de duda. -Mami no hubiera querido esto-, se dice.

-Bang!!!! bang!!!! bang!!!!- Tres disparos. Todo un espectáculo. El cuerpo escuálido del Esneik cae al suelo e imprime un cuadro mejor que los de Pollock. Las viejas chuchumecas del Belén salen espantadas, gritan, se retuercen y hacen la señal de la cruz. Las palomas se arremolinan sobre el incidente como ángeles previniendo que el difunto suba al cielo. La Mika, petrificada, estúpida, con la boca abierta,  viendo cómo la única bala que disparó está ahí, clavada contra la acera sangrante, sin comprender qué es lo que pasó.

La escena se le congela y lo siguiente que alcanza a percibir son los gritos de los pacos desde atrás, su cabeza chocando contra la pared y el frío de las esposas en sus muñecas.