Fuente :Fuente: Biolocamarina https://www.flickr.com/photos/60044282@N08/

Memorias de un tabaco: cenizas que no se olvidan.

Hace tanto que no estaba en estas circunstancias, quiero decir, en esta silla, en esta habitación, con este pensamiento, bajo esta luna, con este cigarro en la mano. Importante el cigarro.

Hace tanto que no miraba hacia otro lado que no fueran las cuencas de mis ojos, tratando de encontrarle el sentido a los sentimientos. Erradamente, por supuesto. Hace tanto que no dejaba la misantropía de los pasos, la huella en la tierra, el camino, los andamios que fugazmente se han llevado los vientos y las lluvias que se han robado las parábolas y los suspiros.

¿Días?, posiblemente meses, con la probabilidad de minutos transcurrieron antes de poder observar nuevamente la luna. Frondosa y seductora, iluminando cada pupila a tal punto de reflejar la esencia del tacto al mirar los alejados cráteres del globo que los románticos prometen.

Han pasado grandes noches y días aún más inmensos, las manecillas del reloj se han descompuesto y los mecanismos han parado el tiempo. No hay certidumbre de la localización temporal, y es un desatino del destino, de las pilas de su energía; desatino de las teclas del piano que se escucha a lo lejos y que ahora solo suena en Do, con tintineos irregulares, mostrando su ritmo a una sola voz, intentando no dejarse socavar por los metales y la carencia de los dedos que lo rocen y lo hagan llorar hasta el silencio encontrar.

La historia cuenta que el humo del tabaco, entre neblina y alientos, lleva los recuerdos. Un buen cigarro se mide en la escala de los desórdenes de la mente, de los escalafones de la cordura, del raciocinio y la locura. Se evalúa también  por la compañía del efector, del aspirador de pesadumbres, del que le sostiene la llama al que inhala. Así como el café acompañado de una confortable plática, el vino servido en la copa adecuada, la música acentuada con los perfectos embrollos de desatinados movimientos; así, el cigarro.

Sin contextos, ni futuro, no es más que un vicio. Solo hay abandono. Semejante soltura se siente como la de un perro atado a un poste, sin poder brincotear hasta su familia que se acerca a lo lejos. Girando la vida hacia las estrellas, como quisiera poder alzar el teléfono y marcar a tus oídos, describir lo que mis sentidos conjugan en esta serendipia sinestésica. Hacer que viajes por momentos efímeros y que tu personalidad no se sacie y quiera más: más de mis lenguajes, más de mi vivir, más de los placeres, más de nuestros recuerdos.

Resplandeciente ese lucero, me transporta a tus faroles que ocultan los miedos y persiguen la historia de lo que se desconoce como vida.

Helando mi cuerpo, el viento aprieta la carne al hueso. Las manos se mueven buscando tu tacto, tu torso, tu calor, discrepando en las marejadas de los reglamentos, queriendo que dure la unión todo un siglo. Ni más ni menos que una mirada con los ojos cerrados, recostada en el regazo del otro, durmiendo un sueño que se distribuye entre la memoria de las sonrisas y los roces de cariño en las barbillas y los cabellos.

Hace tanto que no pensaba en ti de esta manera, mejor dicho, hace cuánto no te quería. Más bien, tiene tanto que no te susurro, no te secreteo, te presumo; que así, sencillamente, te quiero.