Fuente :Alejandro Chiriboga

El Dogma Social: Parte 2

Dentro de los preceptos que rigen a la “moderna” sociedad, es fascinante encontrar lo importante que se considera el aspecto en la estructura del colectivo. Hemos trascendido la segregación racial para ir a caer en otro tipo de categorización, la cual está regida por la apariencia. Y no es sólo irónico, sino desesperante el nivel de culto que tiene el colectivo por algo tan superfluo como la apariencia. Pero es interesante reconocer como hemos llegado a tal extremo: las fronteras de lo normal y lo socialmente aceptado son tan frágiles como la voluntad del humano para pervertir sus percepciones por nociones tan ridículas como dañinas, mutando el concepto de lo normal a niveles fuera de la óptica convencional.

No solo se le rinde culto mediático; la apariencia trascendió sus fines biológicos para cruzar la raya del convencionalismo y se transformó no solo en obsesión, también en perversión. Dado que el presente determina que el enfoque tradicionalista de las cosas está ya podrido, no es descabellado pensar en que la forma de considerarse realizado en la mente de cada persona haya mutado de la realización mental o espiritual a otro tipo, la física, la que demanda un esfuerzo tan inútil como infértil. Poseer un biotipo que entre en lo que la sociedad determina como placentero reporta ya tantos réditos como poseer sabiduría, y es más común la búsqueda de la perfección física al simple ejercicio del sentido común. No solo réditos económicos, también aporta validación y culto. En resumidas cuentas, ser atractivo según los estándares paga. Porque para ser sinceros, a la fecha es más rentable tener un bonito par de nalgas que tener alguna noción de correcta ortografía.