El artista frustrado

Autor: Marcelo Hernández Silva ~ @jmhers

La hoja de papel estaba sobre la mesa. Una multitud de retazos, con apuntes garabateados estaban a su alrededor cubiertos por una fina capa de polvo. Los platos estaban sucios en el fregadero, la plomería del baño repiqueteaba quejumbrosamente, el ruido de la calle trataba de colarse por la ventana, y el artista estaba recostado en su sillón, atento a todas estas cosas.

Como cada noche, intentaba encontrar inspiración en los sonidos del departamento, tras haberla buscado en muchos otros lugares sin éxito. La hoja de papel en la mesa esperaba una breve sucesión de versos que, una vez terminados, serían la gran obra del artista.

Había decidido volcar su mente al arte de la poesía, porque le pareció apropiado para escribir por fin la gran obra de su vida. Pensó que sería relativamente sencillo plasmar en  papel todos aquellos pensamientos que aleteaban en su cabeza. Muchos meses después aquellos contados versos escuálidos, los únicos que había podido escribir tras mucho esfuerzo, seguían inconclusos sobre la mesa.

Ya era tarde, el artista se levantó, y arrastrando los pies se retiró a la habitación donde se quedó dormido, con un sueño intranquilo. A la mañana se levantaría agitado para ir a trabajar.

Aunque no le disgustaba el trabajo que tenía, un oficio cualquiera, estaba lejos de satisfacerle. Lo soportaba con filosofía, convenciéndose que era un estado momentáneo mientras completaba su gran obra. Su vida después de aquel momento cumbre de finalización del poema estaba poco definida en su imaginación. Se la planteaba de cien maneras distintas pero todas ellas igual de gratificantes, igual de felices, colmadas de una luz que su vida actual no tendría jamás.

Aquella tarde después de salir del trabajo se vió con la misma mujer con la que se había visto ya varios años. Para él, nada más que otro engranaje de la rutina. Como siempre, estuvo pensando en otra cosa durante toda la velada; acomodaba palabras y rimas en la cabeza mientras escuchaba a lo lejos la voz de ella, limitándose a soltar aquí y allí respuestas automáticas, sacadas del mismo repertorio de siempre. A ella su ausencia no le molestaba demasiado, acostumbrada como estaba a considerase tan poca cosa, agradecía tener con quién matar el tiempo, así él estuviera pensando en cosas lejanas.

Aquella noche en lugar de arrellanarse en su rincón el artista se armó de valor y empuñó la pluma por primera vez en meses. Se plantó delante de la hoja que estaba sobre la mesa con decisión, la cabeza erguida y el pulso firme. Respirando acompasadamente, al final decidió escribir en una de las hojas de retazos.

Se estrujó el cerebro, buscó en lo más hondo de su conciencia lo que quería decir. Comenzó a dibujar lentamente las primeras letras, acomodando las palabras a toda velocidad en su imaginación. Se sintió ligero por un momento, para luego caer en una pesadez extrema mientras escribía la segunda palabra. Continuó pensando en qué escribir, buscando en la masa de escenas incoherentes que era su imaginación por algún detalle significativo que mereciera ser puesto sobre el papel. No lo halló, pero siguió escribiendo.

Al finalizar unos cuantos versos decidió tomar una pausa de su extenuante ejercicio mental y releyó lo que había escrito. A continuación, con el rostro inexpresivo, se levantó lentamente de la silla y arrastró los pies hasta su rincón en el que se dejó caer derrotado.

Los pensamientos ya no revoloteaban en su cabeza, estallaban en tormentas confusas. No podía articular sus ideas, y tras mucho tiempo allí sentado apenas pudo preguntarse: ¿Qué era lo que le hacía falta?.

Los versos que había escrito variaban desde malos hasta terribles, dependiendo de por dónde se mirasen. Era claro que no tenía la capacidad de escribir un poema decente, mucho menos una gran obra, y ese pensamiento le causó vértigo.

Durante años el propósito de su vida había sido escribir una obra para la posteridad. Había pospuesto todo en su vida hasta que aquel momento llegase, cuando pusiera punto final a su poema sería el momento en que comenzaría su vida verdadera, y no antes. Todo este tiempo había sido un preludio, una espera aburrida. Y ahora era consciente de que ese momento quizá nunca llegaría.

En medio de temblores, conteniendo las lágrimas, caminó hasta su habitación. Tumbado sobre la cama, se atormentaba a si mismo pensando en todo el tiempo perdido, pensando en aquellas escenas en que imaginaba terminando el poema y sintiéndose sublime, escenas que ahora nunca se darían. Se atormentaba con pensamientos de su vida actual, que había visto siempre por encima del hombro, y que ahora se daba cuenta de que era todo lo que tenía.

Apenas podía contener las lágrimas. Se sentía entumecido, mientras los pensamientos de su cabeza se confundían con la nada. A lo mejor se estaba quedando dormido, exhausto de tanta mortificación.

Trató de alcanzar su almohada con la mano para tratar de acomodarse, pero sus brazos dejaron de responderle. Empezó a jadear, tratando de aspirar algo de aire por la boca. No se podía mover.

Un espasmo lo empujó hacia el suelo. Trató de incorporarse pero los músculos de su cuerpo estaban rígidos, su mirada, que estaba nublada por las lágrimas, comenzó a apagarse. Se estaba ahogando. Su pecho, a punto de hacer implosión, le causaba un dolor atroz. Reunió todas sus fuerzas e intentó gritar con la esperanza de que alguien le escuchara y acudiera en su ayuda.

La hoja de papel estaba sobre la mesa. Una multitud de retazos, con apuntes garabateados estaban a su alrededor cubiertos por una fina capa de polvo. Los platos estaban sucios en el fregadero, la plomería del baño repiqueteaba quejumbrosamente, el ruido de la calle trataba de colarse por la ventana, y el artista estaba recostado en su sillón atento a todas estas cosas.

El dueño del edificio entró entonces en el departamento, que se veía más amplio de lo que realmente era. Al día siguiente recibiría a los primeros interesados en rentar el lugar, después de semanas de trámites, papeleos y laberintos legales. No es fácil rentar un departamento -pensaba- luego de encontrar al inquilino anterior muerto en el piso de la habitación, sobre todo cuando ya comenzaba a oler mal. Él mismo, para su mala suerte, había sido quien lo encontró. Recordaba con detalle ese día, todo polvoriento, con la mesa llena de papeles y el cuerpo descomponiéndose en la habitación.

Comprobó una vez más que el piso estuviera limpio para los potenciales arrendatarios.

Al salir estuvo a punto de cruzarse con el artista que, arrastrando los pies, se retiraba a la habitación. Por supuesto ninguno de los dos notó al otro.