Qué problema es eso de olvidar
By Jonathan Guerrón Salazar Posted in Narrativa, z1 on Julio 22, 2018 0 Comments

Cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar; no se extrañan los sitios sino los tiempos.

Jorge Luis Borges

No me di cuenta, pero mientras caminaba empecé a dibujar con mis pasos el camino que conduce a tu casa, quizá por costumbre, o no sé, de pronto el desesperado deseo de volverte a ver por ahí, como antes, con tu ropa que hacía juego con tus ojos color otoño en esas tardes interminables donde el viento nos alborotaba el cabello.

Ya sabes, esa manía que tengo de creer que el tiempo volverá a ser como antes. El punto es que, sin prestarle mucha atención, me fui dejando llevar por esa fuerza que me conducía a esa calle, ya vieja en mi memoria. En la esquina sigue estando la tiendita esa. ¿Cómo se llama? Creo he olvidado muchas cosas. Debe ser la desidia que le pone uno a las cosas que se terminan (o se dañan). Me alejé de ti y empecé a olvidarlo todo. Increíble, ¿no? Y con todo lo que teníamos para recordar.

Ahora que lo menciono, me acuerdo del día en el que te esperé como dos horas ahí, frente a tu puerta, porque todavía no habías llegado. Llegué con un ramo de flores y golpeé la puerta, porque para variar el timbre estaba dañado, y tu mamá salió a preguntarme que qué hacía, que cómo me había ido, que cómo estaba mi mamá, que todavía no habías llegado y que probablemente te demorabas. Me dijo también que pasara, que me tomara algo y te esperara adentro. Pero yo le dije que no, que te esperaba ahí. Me quedé afuera, sentado en el pórtico esperando que llegaras. Me entró el impulso de empezar a quitarle los pétalos a las flores, como en las películas; no porque quisiera dañarlas, sólo era un impulso. Menos mal no lo hice, porque no hubiera podido imaginar tu cara al ver los pétalos regados en el piso. De seguro te enojabas, y qué difícil que te vuelves enojada.

Entonces, te vi llegar. No me lo creerás, pero parecía que el tiempo se detuvo. Llegaste de mal genio por el tema ese de tus amigas, el que me habías contado, pero pude ver la sonrisa que se te dibujó cuando me viste. No me imagino la mía. Qué tonto debí haber parecido. Te acercaste y me diste un beso en la mejilla. Te habías puesto el perfume que tanto me gustaba y que decía que olía a todas las flores del mundo. Si supieras que en tus ojos podía ver también todas las flores del mundo y todo lo que quisiera ver con tal solo imaginarlo. Hablamos hasta las diez de la noche ahí afuera. Ni nos movimos. A tu mamá le tocó salir para ver si yo ya me había ido, y creo, para no interrumpir no dijo nada y volvió a entrar. Hablamos de tantas cosas que ya ni recuerdo. ¿Ves? Qué problema es eso de olvidar.

Volviendo a hoy, te cuento que veo las ventanas y las paredes de ladrillo más cerca. Yo camino y voy rogando que así, por casualidad, como quien no quiere la cosa, al pasar por el frente de tu casa salgas y nuestras miradas se encuentren. Si supieras lo feliz que eso me haría. Sin embargo, sé que no va a pasar. Así que acelero el paso, aunque parezca que frente a tu jardín las leyes físicas no importan y que por más esfuerzo que pretenda imponer a mi caminar más lento me va parecer.

Tú siempre rompiendo las leyes naturales. Pero no me importa, disfruto de la lentitud de mi paso, de la agudización de mis sentidos, del leve viento que me sopla en la cara, del rojo y amarillo de las flores de tu jardín. Veo de reojo que tu puerta se abre. ¿Es en serio? ¿Acaso la suerte me podría sonreír de esa manera? Claro que no, obvio no, por supuesto que no. Además, es improbable. Y así es, resulta que sale tu madre, me ve porque ella tiene ojo de águila, y me dice: ¿qué más? (como siempre). Yo le digo que bien, que andaba de paso (mentía, yo creo que ella se daba cuenta, nunca fui bueno mintiendo). Me pregunta si quiero esperarte, que no te demoras, que me quieres ver. Pero no le creo, ya sabes cómo es ella. Entonces digo que no puedo, que voy de apuro, que tal vez otro día (ojalá) y me despido con un movimiento de mano, agacho la cabeza y sigo caminando.

 La cuadra se me hace larga y siento la presión de querer voltear. En un momento casi lo hago. Iba por la mitad creo yo. Pero tú sabes cómo soy de cobarde a veces. Apreté el ritmo, que ya no se sentía lento porque no estaba frente a tu jardín, llegué al final de la calle, y justo antes de voltear en la esquina, devolví mi mirada y estabas ahí llegando con la misma sonoridad con la que llegas siempre. A mí que me embriaga esa nostalgia de no haberte esperado y ese sinsabor de no decirte lo que quería decirte. Esto que te voy escribiendo mientras camino; y esto que sale de mí como un chorro de luz y te busca aunque no te encuentre. Esto que yo llamo escribir, que me dice que no lo haga más, que me lo suplica, porque en vez de andar escribiendo sobre tu recuerdo, debí quedarme hablando con tu mamá, así como el que no quiere la cosa. Aprovechar y darte un beso más en la mejilla, diferente claro está, pero cargado de la misma esencia de todas las flores del mundo.

Volteo en la esquina y tu imagen se desaparece. Pasan dos segundos y ya te he olvidado. ¿No te digo esto de la vaina de olvidar? Quisiera devolverme, pero ya llegó el momento de firmar esto que escribo, y esperar que mi río de palabras llegue hasta ti aunque ya no tenga agua.



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