La sociedad idiota IV: Por la única razón.
By Jaime Pallo Espinoza Posted in Filosofía, z2 on Julio 8, 2018 0 Comments
Mateo Chiriboga

 

Desde que tengo memoria, la educación en este país, y quizá en gran parte del mundo tiene una característica. Es pésima.

Se podría preguntar a cualquier adolescente de secundaria ¿para qué sirven las matemáticas? o si considera que la cátedra de literatura tendrá alguna utilidad en el futuro, o cualquier otro cuestionamiento sobre la utilidad de la educación que recibe y la respuesta será la misma: no sé.

Y es que la educación siempre ha sido tomada más como una oportunidad política que como un derecho o una necesidad básica del individuo o de la sociedad. ¿Es que acaso en las campañas políticas alguna vez ha faltado el tema educación? No, la educación (al menos la que se recibe hasta ahora) ha sido más útil para la clase dominante que para el común de las personas y estoy seguro que siempre ha existido el personaje que trata de inmortalizarse tomando un pedacito de historia que no le corresponde, como cierto revolucionario que no hizo ninguna revolución (ya sabrán ustedes de quien hablo o eso espero)

El problema también son los educadores, sobre todos los más veteranos, aquellos que se han cristalizado en su experiencia y que ya no pueden mover el cuello para mirar a otro lado que no sea el que siempre han visto. Tan obsoletos, que año tras años repiten la misma clase de memoria y bien podrían ser reemplazados por un video que vocifere lo que está escrito en algún libro de hace un par de décadas que ya ha sido olvidado. Estos educadores si bien tienen la ventaja de la experiencia, presentan una brecha generacional que limita su rol con sus alumnos; no se puede motivar a los alumnos cuando no se entiende la dinámica del mundo moderno, y no les pueden preparar para el futuro cuando el presente les es desconocido. Lo he podido evidenciar de primera mano durante mi año de servicio rural, donde estudiantes de un colegio del milenio no podían leer ni escribir. La gran infraestructura, pizarras inteligentes y alguno que otro artilugio más, totalmente desperdiciados ya que no hay quien los aproveche.

¡Pero no! Si afirmo que los maestros no han logrado motivar en absoluto a sus alumnos, sería faltar a la verdad. Definitivamente logran motivar el más básico instinto del ser humano. ¿Recuerdan cómo se nos narraba la batalla de Pichincha? Muy patrioticamente se nos narra como una sanguinaria batalla se desarrolla, siendo el momento más épico el de Abdón Calderón, nuestro héroe niño, blandiendo el estandarte patrio mientras es herido en cada una de sus extremidades y hasta recibe el impacto de un cañón. Se dice que al final mantenía nuestra bandera en alto apenas sosteniéndola entre sus dientes, tremenda hazaña! cuando probablemente la verdadera razón por la que apretaba los dientes era una disentería. Lo mismo ocurre cuando el tema son los conflictos con el Perú, enseñándonos a odiar al pobre individuo que está unos cuantos kilómetros más allá, que ni se entera que ha sido, y es el malo.

Y así se hacen los sorprendidos cuando los alumnos y padres de familia del Colegio Mejía salen a defender al dichoso maestro agresor que con la arcaica mentalidad de que la letra con sangre entra apaleaba a los alumnos. Como si fuera algo de sorprenderse la violencia con la que exigía dicho alumnado la reincorporación del docente al plantel.

Son así por la única razón: así han sido educados.



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