La Mujer de la Foto
By Invitado Posted in Narrativa on Julio 15, 2018 0 Comments

 

 

Autor: Marcelo Hernández Silva ~ @jmhers

Era un hombre de esos que vestían con camisa a cuadros y zapatos casuales.  Acomodado en el vaivén de la monotonía, no anhelaba mucho más de lo que tenía. Atesoraba la comodidad de su vida anónima y apacible; se deleitaba en el no ambicionar demasiado, así era él.

Recorriendo con mirada satisfecha los recovecos de su nuevo apartamento, en un rincón poco húmedo de un armario encontró casi por azar una pequeña fotografía, de aspecto envejecido, enmarcada en una pieza de madera de diseño sobrio que mostraba el rostro casi sonriente de una mujer joven.

La presencia de la fotografía en el departamento nuevo molestó al hombre de la camisa a cuadros, pues era también de esos hombres que se incomodan con las cosas que no están exactamente en su sitio. Aquella fotografía obviamente no pertenecía a su nuevo hogar; le pertenecía a alguien más, era el rostro de alguien que en aquel preciso momento podría estar en cualquier parte del mundo haciendo cualquier cosa. Dicho pensamiento le abrumó y se apresuró a deshacerse de la fotografía.

Estaba frente a la bolsa de la basura cuando un repentino impulso le detuvo un segundo antes de lanzar dentro el marquito de madera. Le echó una mirada de soslayo a la mujer en la foto, posando su vista en aquellos ojos que, al mismo tiempo, que la frialdad de la imagen inmóvil, le transmitían una inexplicable sensación de calidez, recorrió luego el contorno de la cara, del cabello, y la sutil silueta de sus labios rosados.

Finalmente, no tiró la fotografía, sino que la colocó sobre la mesa de la cocina mientras una parte de su interior se preguntaba por qué conservar un objeto tan trillado, tan innecesario.

La tarde transcurrió de prisa en medio de todos los exhaustivos arreglos del apartamento nuevo. Al caer la noche el hombre se sentó a la mesa de la cocina para comer algo antes de irse a acostar, tenía que ir a trabajar al día siguiente.

Y mientras comía con calma y en silencio, como todas las noches desde hace mucho tiempo, volvió fijarse en la mujer de la foto, casi como para entretenerse. Ella tenía los ojos color avellana, la nariz pequeña y respingada, un cabello delicado que le caía como cascada enmarcando su rostro. No pudo evitar pensar que era atractiva mientras lavaba el plato en el que había cenado.

El día siguiente fue solamente un capítulo más de la rutina del hombre de la camisa a cuadros, que en la oficina vestía de traje y corbata. Atendió llamadas telefónicas, bromeó con sus compañeros de trabajo, bebió café e hizo multitud de actos mundanos propios de un trabajador como él, de esos que tienen un cheque lo suficientemente jugoso al final del mes y quince días de vacaciones por año.

Aquella noche, sin embargo, se encontró sorprendido observando nuevamente la fotografía: aquella ligera sonrisa apenas esbozada, el cuello largo y blanco, la forma delicada de los pómulos. Se preguntó si sería posible conocer el carácter de alguien con tan solo mirar una fotografía. Ese pensamiento rondó su cabeza mientras se quedaba dormido, y con su último pensamiento consciente concluyó que debía ser una mujer muy dulce.

Por la mañana un poco más de rutina, pero esta vez hubo algo diferente. Sentado en su escritorio no pudo evitar dedicarse a observar de reojo los rostros de sus compañeras que iban de aquí para allá ocupándose de sus quehaceres. En su mente y casi inconscientemente los comparó con el rostro de la fotografía, dándose cuenta de que ninguno era tan delicado o tan expresivo como el de ella.

Por la noche volvió a mirar el retrato. Descubrió un pequeño lunar en la mejilla, que apenas si se veía  a simple vista, y sintió que le había arrancado un secreto a aquel rostro joven, casi coqueto.

Unos días más tarde, en un momento de aburrimiento cuando cambiaba con desgana los canales de la televisión, se dedicó a imaginar cómo sería la voz de aquella mujer de rasgos delicados, y cabello largo y sedoso. Sin duda debía tener una voz delicada, casi melodiosa, pero sin llegar a exageraciones pues se había dado cuenta por la forma en cómo ella le sostenía la mirada que, aunque dulce, era una mujer de carácter y con una personalidad que no se dejaba intimidar.

Mientras desayunaba un domingo, con la fotografía frente a él, cayó en cuenta de que aquellas pupilas color avellana, que le miraban fijamente, emanaban una sensación de inteligencia. El leve asomo de sus dientes en aquella sonrisa tan rara fue para él señal de complicidad y quizá algo de picardía. Se imaginó cómo sería sostener una conversación con ella, y durante un momento, escuchó una voz melodiosa pero reposada, y quizá un poco nasal, que le respondía.

Al día siguiente en la oficina, mientras bebía café con un puñado de sus compañeros, se imaginó que ella le esperaba para cenar y se esforzó por salir temprano. Esa noche sentado frente a la fotografía mientras comía parsimoniosamente cruzó unas palabras con ella, que demostró ser una mujer sensata además de aguda e inteligente, la forma de sus mejillas se lo dijo.

Pasados unos días no pudo hacer nada más que pensar en ella. Mientras masticaba la cena trataba de imaginar dónde estaría, qué estaría haciendo. Mientras estaba sentado en su oficina cavilaba en cuál podría ser su profesión, mientras bebía café trataba de deducir cuál sería su película favorita.

Para él no hubo mujer más fascinante, ni hubo mayor frustración que la de su lejana indiferencia. Cayó en cuenta, una tarde de sábado, que ella no sabía quién era él, no sabía que veía su retrato y la anhelaba. Y se molestó porque ella estaba en alguna parte, hablando con alguien más, riendo con otra persona insulsa que no sabía quién era ella en realidad, mientras él se sentaba en la mesa de la cocina tratando de averiguar cuál era su color favorito a partir del trocito de collar que aparecía en la fotografía.

Hizo llamadas, al agente inmobiliario que le vendió el departamento, al administrador del edificio; les enseñó la fotografía a los vecinos, preguntó a través de internet, pero nadie supo decirle cómo se llamaba, a dónde había ido, dónde podría estar.

Un día, mirando fijamente el retrato se dio cuenta que se burlaba de él. Nunca le había agradado, ella solo se divertía allí con su sonrisa tenue y sus ojos cálidos; nunca le iba a agradar. Nunca la iba a conocer, nunca en realidad escucharía su voz ni le tomaría de la mano para pasear por el parque.

Súbitamente se dio cuenta de la verdad. Ella ya no estaba, estaría, ni había estado en realidad. Se trataba de una fotografía vieja, de alguien que quizá habría muerto, de una mujer que se había llevado su dulzura, inteligencia y sensatez a una tumba fría y oscura en algún lugar del mundo. No pudo soportar la idea.

La sangre del hombre de camisa a rayas ya se había secado sobre las brillantes baldosas de la cocina cuando los vecinos, con el interés que aparece solo cuando se olfatea alguna tragedia, llamaron a la policía.

Justamente aquella mañana una joven mujer delgada, no demasiado alta, de cabello castaño que le caía como cascada enmarcando su rostro de facciones delicadas, labios rosados y ojos color avellana tocó la puerta de aquel departamento, preguntando por un viejo amigo que hace no mucho vivía allí. Al enterarse de lo que había ocurrido con el nuevo residente se marchó aturdida, casi huyendo, dejando al hombre de la camisa a cuadros tirado en el piso.



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