La casa de la playa
Por: Carolina Encalada
By Invitado Posted in Narrativa on Julio 25, 2018 0 Comments

Por: Carolina Encalada

Este era un sueño más de mi padre que mío. Cuando la viudez lo había dejado sin esperanzas me dijo que vendería todo en la ciudad y se compraría una casa en la playa o en el campo (aún no lo tenía decidido), y que yo podría pasar ahí largas temporadas dedicándome a escribir. Él asumía entonces dos cosas para poder hacer una afirmación como esa: nunca se volvería a casar y yo nunca habría encontrado la tan mentada estabilidad laboral. Se equivocó en lo primero; cuando la viudez lo había dejado sin esperanzas, Celeste (una esmeraldeña preciosa, 30 años menor que él) lo sorprendió con un embarazo. Contrario a lo que todos pensamos, esa noticia inesperada desencadenó en la vida de mi padre y por lo tanto en la nuestra (y en la mía más que en la de mis hermanos), una sucesión de buenas noticias. Celeste no era ni de lejos la persona que habríamos escogido para mi padre, pero su presencia significó una vida nueva, llena de amor –ya no de amarga soledad–, un nuevo hermano, y lo que me trae aquí, una casa en la playa.

Que mi padre concibiera a los 60 años era un cruel recordatorio de que yo a mis 30 aún no tenía hijos. Era el verano del 2017 y yo iba de vacaciones a escribir en la casa de playa de mi padre, como fue siempre su sueño, en la que no me recibió como él imaginaba con la soledad triste de un viejo, sino con la revitalizante compañía de una joven de nalgas respingonas y conversación animada y ligera. Para ese entonces, Celeste aún tendría 5 meses de embarazo, y su vientre abultado armonizaba con el resto de sus curvas. Por algún impulso masoquista accedía a acompañarlos en sus caminatas de la tarde, y los veía ir de la mano hablando de no sé qué cosa que siempre hacía reír a Celeste con una felicidad tan pura que, pensaba yo, sólo habría de sentir una mujer embarazada. Mi padre de rato en rato me regresaba a mirar e imagino que se entristecía por mí, que caminaba detrás y los veía con una envidia que sólo por ser mi padre –y por haber estado él tantos años caminando solo detrás de las parejas– era sana. A veces Celeste me hablaba de su hermano soltero como quien no quiere la cosa y yo tenía pena de mí.

A nadie de treinta años puede pesarle tanto la soledad o la falta de un hijo, si no fuera porque lleva la honda marca del desamor. En mi caso, era también el hecho de ser la última (por mucho) de tres hermanos, que para ese entonces ya habían hecho crecer familia y patrimonio, y cuyos logros me hacían sentir, a pesar de la década que me separaba de ellos, la urgencia del fracasado. Pero también estaba el hecho de que yo era escritora, y los escritores tienen la facultad de convertir en fracaso cualquier cosa. Mi padre entendía eso, pero quizás nadie más que él; también es que yo aprendí a hablar dos idiomas, el de los escritores y el de la gente feliz, entonces podía ocultarme fácilmente. Sé que mi hermano al menos sabía de mi bilingüismo, porque un día me dijo que no quería leer lo que yo escribía por miedo a encontrarse con el dolor que seguramente tendrían mis textos. A mi hermano, que no le habían faltado tragedias en la vida, vivir le resultaba siempre un placer, pero él sospechaba que el dolor era el motor del que escribe, o tal vez me conocía más y sabía que era mi motor, y temía encontrar en cada línea a nuestra madre muerta.

Y tenía razón. Mi madre y Andrés estaban en cada verso y en cada respiro mío. Yo tenía la impresión de que estaba rota y vuelta a romper. Esos fueron dos dolores que se aunaron, y que en medio de mis veintes me dieron una especie de identidad; así como alguna gente era fuerte, alegre, amargada, solitaria, trabajadora, superficial, perezosa… yo era una persona rota. Aprendí a amar desde esa herida, a descifrar lo bello, lo bueno, lo feliz, desde una especie de perforación que sentía vívidamente en la boca del estómago. Yo interpretaba el mundo así. Mis sentidos estaban todos acumulados en la boca del estómago, a través de esa herida yo asimilaba mi entorno. Sí, mi hermano no querría leer aquello que escribía en la casa de playa de mi papá, en la que él siempre quiso que yo fuera a escribir por temporadas, porque encontraría que esa herida la abrió la muerte de mi madre, pero más específicamente, su enfermedad, y de esta, la agonía. Siempre he pensado que el efecto que tienen los abusos sexuales en los niños es que los obligan a entender muy temprano algo para lo que no están preparados, ni física ni mentalmente; algo así fue para mí el cáncer de mi madre, una lección muy temprana sobre la naturaleza no solo perecible sino degradable del cuerpo. He escuchado muchas veces aquello de que ver morir a un hijo es contra natura, porque lo natural es ver morir a los padres, sin embargo creo que ver morir a una madre cuando se es niño, va también en contra del ciclo natural.

Sí, mi hermano no habría querido leer lo que tenía que decir sobre mi madre. Pero, contrario a lo que él imaginaba, no era melancolía ni tristeza, era, como he dicho, el extrañamiento que deja una lección temprana sobre el deterioro del cuerpo como materia. Claro que no fue solo la naturaleza la que destrozó el cuerpo de mi madre, sino, por supuesto, la quimioterapia (que todavía me suena a una palabra infantil, como plastilina, más aún cuando recuerdo que la llamábamos con ¿cariño? “la quimio”), que le quemó las venas de los brazos, le convirtió las uñas en unas garras amarillentas y el pelo en una lana que se desprendía por mechones de su cabeza. Mi madre, dicen, era una mujer bella, y ahora que yo conozco la importancia de la belleza en una mujer de su edad (ella enfermó en sus treintas), me pregunto cuánto le habrá afectado convertirse de pronto en una persona con tan poco atractivo, me pregunto si ella, igual que yo, se dio cuenta cómo en el cajón de su velador los medicamentos fueron poco a poco reemplazando al maquillaje. Ella, en mi memoria, no es una mujer bella, es más, tiene un aspecto entre tétrico y cómico. Recuerdo que en dos ocasiones me reí de ella, de su aspecto, sin ninguna malicia, era, más bien, la más inocente burla de un niño frente aquello que es bufonescamente feo, como una mueca. Alguna vez, en la playa, en la misma playa en la que estaba la nueva casa de mi padre, le dije que tenía un bicho sobre la cabeza para jugarle una broma, y ella se quitó el pañuelo de un susto. Mientras buscaba el bicho con su cara de Auschwitz, yo caía en la cuenta de que esa era la primera vez que la veía sin pañuelo, con su cabeza calva al aire, y ella quizás se dio cuenta de lo mismo, porque ambas nos miramos congeladas por unos segundos; mi risa traviesa desapareció en seguida y me quedó el más puro pavor que provoca lo desconocido, o peor aún, algo que es familiar y que de pronto se convierte en extraño. La segunda vez que me reí de ella fue ya cerca de su muerte; los doctores le habían recetado morfina para aliviar sus dolores, que eran insoportables, pero la dosis debió haber sido muy alta, o quizás fue alguna fiebre, porque de pronto empezó a desvariar, y decía muy rápido con una voz muy nasal algo que yo no podía entender. Sin embargo, verla así, haciendo de payaso, me causó risa, y creo que en medio de mis carcajadas, ella se rió conmigo, pero ahora pienso que quizás no sabía que nos reíamos de ella. Nunca he podido disociar esa memoria de la imagen que tengo de su horario para la morfina, pegado en la cara interna de la puerta de su clóset, que ella había adornado alegremente con los lápices de colores que yo llevaba a la escuela.

De ahí es que yo escribía. Desde esa otra verdad que estaba siempre ahí, desde ese otro discurso que me decía a veces solo a mí, y otras veces a algún amigo. Porque era verdad también que ella tejió chambritas y escarpines para sus nietos (los que no iba a conocer) mientras se moría en la mecedora, o que el cura le concedió el último deseo de catequizarme y prepararme para mi primera comunión, pero que estaba tan enferma que no pudo asistir a la iglesia cuando llegó el día y no vivió para ver las fotos. Mi madre fue buena, y esas dos historias siempre hacían llorar de ternura a la gente, pero no era desde ahí que yo escribía, no era esa la zanja que había quebrado mi vida en dos, sino sus venas cafés y su grito de dolor que recordaba en las noches en que no podía dormir. Pero ese grito no lo recordé siempre. Ese grito estuvo escondido en alguna gruta de mi memoria durante muchos años, y fue una noche, una de esas sublimes trescientas noches en las que dormí con él, una noche de mi vida de enamorada, después de que él (como nunca) se había dormido antes que yo, que de pronto recordé esta escena de mi infancia: mi madre se retorcía como una lombriz sobre la cama y lloraba gruesas lágrimas con un grito ahogado de dolor. Se agarraba el abdomen como quien hubiera acabado de recibir un balazo, y así mismo me abrazaba yo a mi estómago, a mi siempre desgarrada boca del estómago, cuando descubrí en mí aquella memoria sabiamente bloqueada por tantos años. Esa noche él y yo habíamos hablado de la posibilidad de tener hijos y él me había dicho rotundamente que no quería. Es cierto que mi dolor fue en la boca del estómago, pero bien pudo haber sido en el vientre, y bien pudo haber sido mi madre llorando su propia muerte y mi orfandad lo que vi aquella noche. Puede que él haya tenido razón y yo lloraba desgarrada, no por mi madre, sino por él, claro que entonces me ofendió mucho que lo diga. Yo lo desperté diciendo, entre llantos, como quien se acaba de enterar de la noticia: “Mi mamá, pobrecita, lloraba de dolor, ¿te das cuenta? Le dolía” y él, que se despertó alarmado, me dijo después de procesarlo bien: “qué coincidencia que esto te pase justo después de lo que hablamos”. Yo lo odié esa noche, y me atrevería a decir que ese fue el día en que empezamos a separarnos. Pero ahora, después de tantos años, con un poco de perspectiva, creo que tenía razón. Era mi madre llorando su propia muerte. Era mi madre, la madre en mí, llorando por su muerte.

Entonces no sé si mi padre sospechó alguna vez el tipo de tortura a la que me invitaba cuando me pedía ir a su casa de la playa a escribir, “como lo ha soñado siempre”. O quizás sí lo sabía, pero no le daba miedo, porque mi padre era un hombre sensible y perceptivo, y porque a veces pensé que él también escondía una verdad y un trauma, porque a veces también me pareció que él no amaba a Celeste, sino que era la versión que nos contaba para hacernos felices, y que se contaba a sí mismo por lo mismo, pero él, el del fondo, y sólo él, sabía que ya no se ama a la vejez. ¿Sería yo también una vieja en lo que se refiere al amor? ¿Qué te hace viejo? ¿Son solo los años, o alguien que había vivido tanto como yo, a los treinta ya es un viejo por trayectoria? ¿Sabría mi padre que yo tampoco volvería a amar? ¿Pensaría, igual que yo, en uno de esos momentos de honestidad frente a la noche, que ya sólo me quedaba aprovecharme de alguien que sea poco para mí y luego fingir amor por siempre?

O un embarazo no deseado, todavía me quedaba el embarazo no deseado. Yo, que cumpliendo el estereotipo de la divorciada, me había acostado con todos mis ex novios, y alguno que otro jovencito, me sorprendí varias veces pensando “no me molestaría estar embarazada”. Porque en ese punto, ya no era el amor lo que importaba, porque había renunciado a la pareja feliz y a la familia feliz, sino que se trataba de hacer algo de mi vida, algo que ya no podía estar en lo profesional (porque a la fuerza había entendido que no se hace nada con un título en literatura), necesitaba algo infalible, alguien que no me fallara, que no pudiera fallarme… ¿porque me necesitaría para vivir? “es lo más egoísta del mundo”, me dijo una amiga cuando le compartí mi deseo, y me quedé pensando si alguna vez alguien decidió tener hijos por altruismo. El no nacido no es premiado con la vida, traerlo al mundo es un acto de completo egoísmo, es un acto para uno disfrazado de sacrificio, es el acto individualista de hacer nacer a alguien para tener siempre una ocupación que no nos permita sentirnos inútiles, un amor que no nos permita ser infelices, un cuerpo donde podamos palpar con certeza el paso del tiempo, un proyecto que no nos haga pensar que nuestra vida es un completo desperdicio.

Tenía la certeza de que cometía un error, y me fijé que no era la primera vez que actuaba en contra de mi razón. Me había visto tantas veces caminando hacia el fuego, imaginando el dolor de las llamas, el calor, el olor, imaginando la pesadilla que sería vivir con el hijo no deseado de alguien, imaginando la resignación como motor de una vida igual de vacía pero con la gracia de ser irrenunciable. Yo sabía que sería infeliz, pero salí a encontrarme con el hermano de Celeste, no iba en busca de amor, ni de consuelo, iba en busca de un hijo, de alguien a quien culpar por no haber sido nadie en la vida, esa buena razón que había estado buscando para no ahogarme en el mar ese verano. Total, la casa de la playa tenía un cuarto extra, total, el niño de Celeste podría jugar con el mío, total, ya éramos una familia rara: mi papá con su mujer de mi edad; yo, la hijastra buena-para-nada de una mujer de mi edad. Ya qué importaba la enredadera familiar con el hijo no deseado del hermano de Celeste, sería mi deseado hijo, “total”, pensé mirando mi reflejo en la ventana del autobús, “con mi suerte, lo más probable es que sea estéril”.



Previous Next

keyboard_arrow_up