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… blanco… Parte II

Autor: Carlos Puga

Veo mi aliento condensarse en menos de un segundo, no parece convertirse en simple neblina, hace tanto frío que puedo verlo cristalizarse y caer como nieve. He llorado un poco y las gotas se congelan en mis ojos, el hielo está quemando mi retina. No sé qué es peor: si el dolor en mis ojos o la ceguera que ha empezado a dejar todo blanco; y realmente odio el blanco.

Nací en Japón hace 43 años, -el día con el sol más brillante de todos- decía mi madre, por eso me llamó Hiroki, una unión del “kanji hiro” que significa grande y “ki” que es resplandor. -Con ese nombre vas a lograr cosas muy grandes- me repetía constantemente. No la culpo, tampoco imaginé que terminaría así.

Tengo síndrome de Sjögren, me lo diagnosticaron a muy temprana edad. Significa que no puedo producir lágrimas ni saliva, mis ojos y boca siempre están secos. La poca saliva que produzco, la uso para pasar la comida y las lágrimas las guardo solo para situaciones excepcionales. Las he guardado tanto que la última vez que las dejé escapar fue en el funeral de mi madre, a los ocho años. Ella quería que todos asistieran a despedirla de blanco, como símbolo de la paz que había encontrado. Desde ese momento empecé a odiar ese color; ahora, es lo único que veo.

A raíz de eso, decidí aniquilar mis sentimientos. Me prometí no experimentar alegría o dolor nuevamente, son cosas innecesarias para la vida.

Mi madre era una gran cocinera, mi familia vivía del pequeño negocio que ella había iniciado con mucho esfuerzo. Tras su partida lo cerramos, pues nadie podía cocinar como ella. Así es como empezó mi aventura culinaria. En su honor iba a aprender todo sobre la cocina, no solo de Japón, sino del mundo entero.

Mi carrera no fue para nada sencilla. Transité de cocina en cocina y aprendí que arruinar la reputación de los demás chefs y pisotear a todos quienes están a tu lado es el único camino para triunfar. Al conquistar una cocina debes despreciar las otras y centrarte solo en tu éxito. Algo sencillo para alguien que se había jurado no sentir nunca más.

Aprendí, pisoteé y desprecié a los demás tan bien, que a los 30 años me coroné como “Chef de cuisine” del Mandarin Oriental Tokyo Hotel, uno de los mejores cinco estrellas de la ciudad. Era invencible, mi cocina se convirtió en la más apetecida en la ciudad. Despedía a casi todo mi personal cada cierto tiempo, pocos resistían ser humillados al punto en el que su espíritu se quebraba y se conviertan en robots culinarios.

Era cuestión de tiempo para que el karma hiciera su trabajo. Todo se terminaría tras un atentado a mi comida: un cargamento de mariscos que no revisé con cautela. La confianza que me dió tanto éxito fue la misma que se convirtió en mi ruina. Mis clientes, que tantas veces elogiaron mi sazón, demandaron mi despido. El hotel no dudo en hacerlo, lo deseaban hacer mucho tiempo.

Nadie en Japón, Asia, ni Europa quería contratarme luego de ese incidente. Entendí entonces, debía salir de la esfera culinaria del viejo continente. Probé suerte en Latinoamérica, donde se experimentaba un bum de la cocina asiática. -Es lo mejor para mí- pensé. Tremendo error. Empecé siendo el “sushiman” del mejor bar de sushi de la ciudad según los rumores,  los perdono porque no sabían lo que decían.

Es así como esta historia llega al día de hoy, cuando descargaba los pescados y mariscos del camión, tarea que siempre hago solo pues aquí nadie tiene la cultura de levantarse temprano al trabajo. El congelador, dañado hace algunos años, se cerró a mis espaldas; unas cajas cayeron encima de mí…

Desperté semi congelado. No sé cuanto tiempo estoy aquí adentro. -¡Mis piernas! ¡no las puedo mover!-. Mis dedos apenas puedo verlos, negros por falta de circulación. Creo haber llorado, la magia de la muerte logró hacerlo. Mis ojos, congelados con las lágrimas que forman columnas de hielo entre mis párpados abiertos, el frío quema y me deja ciego, todo queda blanco… que horrible color.

Blanco…  

¡Blanco!…

Luego de cada pequeño respiro, cada vez son menos, pienso en cuanto me desagrada el color blanco. Atrapado en mi prisión fría y blanca. Mis ojos fallan por completo y me rodea el blanco. Mis manos ya no se mueven, están congeladas. ¡Blanco! No me gusta su quietud. No me gusta su sensación, no es frío ni calor, es ambiguo e indeciso. Un color que es todos pero no es ninguno. El reflejo perfecto de ki en las córneas humanas, el reflejo perfecto de locura en las mentes taradas, el reflejo perfecto de mí madre, el refl….

-Don Vega, está llorando como un niño desde hace media hora, no le puedo dar de comer si sigue así ¿se encuentra bien?-. -Fue hermoso Verónica, esta vez fue realmente hermoso, ¡desearía morir así!. Con un recuerdo tan vivo de mi madre, si tan solo supiera quien era.

La enfermera ríe con lo que digo esta vez, no sabe lo serio que es todo esto para mí, pero está bien, no puedo esperar que me entienda, además, de ella solo quiero su cariño.

-Está delirando señor Vega, mejor cuénteme de su sueño mientras come, recuerde las pastillas no pueden ir…- -en panza vacía, lo sé. Te contaré cuan maravilloso fue ser un…-

Fuera de su cuarto se reunieron dos doctores, uno era nuevo en la institución y estaba aprendiendo sobre los pacientes.

-Aún cree que es real, está varios años recibiendo tratamiento y aún no logramos sacarlo de su fantasía. Se despierta solo a comer y cree que lo alimenta una enfermera. Es impresionante. Ha vivido más de setecientas vidas en los dos años que lleva aquí.  Cada día es una persona diferente, su imaginación viene del hecho que fue escritor antes de terminar aquí, antes de enloquecer. Creemos que colapsó por haber creado tantos personajes, lamentablemente, ninguno con final. Ahora él es uno de esos personaje sin final-.